“La fábula del árbol” (2011)

LA FÁBULA DEL ARBOL

Autor: E.V.Pita (enero de 2011)

Texto original en:
http://evpitabooks.blogspot.com/2013/09/la-fabula-del-arbol-2011.html

Un buen día, las raíces del árbol Quercus toparon con una sustancia que no era blanda como todo lo que le rodeaba. Esa sustancia parecía dura como una piedra y las raíces intentaron vadearla sin éxito. Parecía no tener fin hacia los lados pero las raíces pronto lograron abrazar el contorno de lo que parecía ser una extraña roca. Lo más curioso es que los pelillos de las raíces detectaban unas vibraciones, una especie de fluir. También pudieron crecer dentro de esa superficie que aunque parecía dura, sin embargo, estaba formada por polvillos compactados. Nadie sabe cuanto pasó hasta que las raíces lograron abrir una minúscula brecha en la Roca, lo suficiente para que los poros de las raíces detectasen gotas de un líquido que fue absorvido hacia el tronco y que generó un bienestar en toda la planta. Poco a poco, las raíces se acercaron al manantial de agua que fluía de aquella extraña roca que parecía no tener fin.

La sorpresa llegó cuando las raíces del Quercus se toparon con otras raíces que no eran las suyas y que obviamente habían sido atraídas por la humedad y por las vibraciones de aquella agua que fluía en el interior de la extraña roca-tronco. Puesto que el líquido parecía inagotable las raíces del Otro no molestaron.

Las hojas del árbol Quercus habían detectado moléculas en el aire que contenían mensajes. Si llegaban muchas de esas moléculas a la vez, las hojas se doblaban porque se avecinaba una corriente de aire. Cuantas más llegasen, más soplaría el viento. La cosa se ponía fea si esas moléculas venían acompañadas de vapores y microgotas de agua, ya que poco después, las ramas eran agitadas y zarandeadas y algunas llegaban a quebrar. A cambio, la sustancia blanda que cubría las raíces recibía un aporte extra de ese líquido que tanto buscaban las raíces. Las hojas también absorbían partículas de un gas cada vez más abundante y que el Quercus necesitaba para sintetizar energía. Era abundante, cada vez más, y lo expulsaba cuando desaparecía el calor y llegaba el frío.

El calor era bueno y las hojas lo buscaban. No siempre había calor, unas veces sí, hasta el punto de que brotaban de las ramas, las yemas y las flores. Pero otras veces, la humedad, el frío y el viento parecían no tener fin y las hojas caían porque llevaban mucho tiempo sin detectar calor y ya no transmitían energía al resto del árbol. Si pasaba mucho tiempo con frío, el tronco detectaba pesos extraños en su capa más orientada al frío. Sabía que esas “cosas” tenían raíces, lo que le inquietaba, pero, al menos, solo crecían en el lado frío. Por suerte, la mayor parte del tronco y las ramas recibía calor mucho tiempo seguido, más que frío. Hacía tiempo que el árbol se había adaptado a aquellos ciclos: un ciclo pequeño de frío-calor-mucho calor-calor-frío-mucho frío y otro ciclo mayor de muchos ciclos pequeños y extremadamente fríos – muchos ciclos pequeños calurosos y muy calurosos, cuando brotaban yemas y flores, y muchos ciclos templados y húmedos, en los que caían las hojas y las ramas pesaban más. Y así, muchas veces.

Las hojas y ramas del Quercus hacía tiempo que habían detectado la presencia de “Otros” y eso le estresaba porque no sabía si había suficientes nutrientes ni líquidos para todos. Sentía estrés cuando sus hojas se quedaban impregnadas de unas moléculas que flotaban en el aire justo antes que las ramas fueran zarandeadas por una extraña fuerza, se moviesen o quebrasen. Otras moléculas eran “veneno” contra los comedores de hojas. Sabía que había comedores de hojas porque hacía calor pero el peso de las ramas era menor. “Algo” estaba aliviando el peso de las hojas justo cuando eran más necesarias para recoger el calor. Poco después de detectar esa sustancia, los “comedores” desaparecían y las hojas volvían a enviar energía como siempre. Había otra prueba definitiva de que realmente no estaba solo. Cuando llegaba el ciclo grande de calor, liberaba una pelusilla.

Pero el viento traía más, mucha más, ingentes cantidades que daban sombra a las hojas, lo que siempre constituía un imprevisto. Esa inmensidad de pelusilla solo podía proceder de los “otros” que, por lo visto, eran muchos y todos, como él, situados en la misma dirección. Otra prueba era la sombra, en mitad de un ciclo de calor, que perturbaba a las hojas, que no recibían suficiente energía. Eso significaba que había “Otros” no solo en su mismo camino sino en frente. A veces, las ramas eran agitadas por el viento que llegaba del lado más caliente, que también arrastraba pelusillas o moléculas con mensajes de que el calor iba a dejar paso al frío.

La prueba final de que existían “otros” la obtuvo el árbol cuando sus raíces chocaron con las de otro árbol, también atraído por la humedad de la roca-manantial gigante. Por suerte, no tenían que pelear por los nutrientes porque estaban separados a la misma distancia, como comprobó. A través de las moléculas-mensaje, el Quercus pudo hacerse una idea de cómo era el mundo que le rodeaba. El “otro” árbol le confirmó que existían más como ellos y todos a suficiente distancia para tener nutrientes suficientes. Era una buena noticia.

El Quercus bajó sus niveles de estrés. Tenía pruebas de que vivía en el mejor de los mundos posibles. Tanto él como sus congéneres, posiblemente cientos, estaban separados a la misma distancia, lo que les permitía tener los nutrientes necesarios para absorber y sobrevivir al ciclo largo de mucho frío. Si estuviesen más cerca, sus raíces se enredarían unas con otras en busca de minerales y agua. Si estuviesen más alejados, no podrían hacer frente a los vendavales y sus troncos quebrarían.

También se sintió aliviado cuando se dio cuenta de que él y los “otros” estaban orientados de la forma que podían aprovechar más calor. Si hubiesen crecido con las ramas al mismo lado donde crece el musgo y las setas en el tronco, el más húmedo y frío, tendría menos calor y mucho más frío. Sus hojas no lo resistirían.

No solo eso, sino que ellos estaban orientados en el mismo sentido que la extraña roca-lombriz que llevaba agua dentro y que, conveniente agujereada, les brindaba todo el agua que necesitaban. Era increíble tanta suerte.

Además, estaban en una posición que era la mejor para recoger esos gases para inhalar cuando hace calor. Con tanta fortuna, que escaseaban cuando llegaba el frío, pero entonces, lo que necesitaba era otro gas para quemar energías.

El Quercus, entonces, se inquietó y se preguntó si tanta suerte era fruto de la casualidad. Podía haber ocurrido que aquellos árboles que creciesen mal orientados o demasiado juntos, se secarían por falta de nutrientes o por frío. Así, solo sobrevivían los más aptos para recoger el agua. Quizás, sus primeros congéneres, fueron quebradizos troncos que surgieron de la nada y crecieron en un caótico bosque y, tras miles de generaciones, el viejo bosque quedó reordenado en dos líneas rectas y orientadas siempre hacia el calor. Y no hacía falta un mecanismo especial, solo el azar y la necesidad. Aquello parecía más razonable que pensar que toda su existencia estuviese “diseñada” para crecer más y más, nutrirse exactamente lo necesario, orientado para recibir la mayor dosis posible de calor.

Y lo más sorprendente es que no solo ocurría con su fila de congéneres sino que, probablemente, con la que estaba en frente, separados por una extraña sustancia que desprendía partículas pegajosas, y cuya existencia presentía a través de las sombras que quitaban el sol a sus hojas. Todos, exactamente, colocados en otra fila y separados a la misma distancia.

Parecía todo tan perfecto, como si existiese un diseño previo, como si una Madre de los Árboles tuviese la capacidad de plantarlos en las mejores condiciones posibles, algo que deberían agradecer y loar. Pero si existiese tal “plan”, ¿qué sentido tenía que todos sus congéneres estuviesen colocados en dos filas rectas, orientadas al calor y separados por, exactamente, la distancia necesaria para sobrevivir? Solo un árbol, con poderes extraordinarios, podría haber diseñado un mundo tan perfecto.

Un día, sus hojas detectaron unas emisiones muy altas del gas diurno carbónico. Luego, sus ramas se vieron azotadas por un viento o unas vibraciones y el suelo pareció arrancarse. Sintió flotar en el aire numerosas moléculas que advertían de “peligro” y sintió como las raíces de su árbol vecino eran arrastradas desde la roca-lombriz hacia fuera. Otras vibraciones lanzaron virutas de madera hacia las hojas, lo que hizo estresarse todavía más al árbol.

Pasados unos ciclos, el Quercus tuvo la certeza de que el “otro” había desaparecido porque el viento le azotaba con fuerza: ahora tenía el doble de nutrientes pero la grieta había sido taponada misteriosamente y ya no podía encontrar más agua. ¿Cómo podía la Madre de los Árboles explicar esa imperfección en un mundo tan perfecto? ¿O es que había algo más, algo que se le escapaba a sus sentidos?

Autor: E.V.Pita (enero de 2011)

Texto original en: http://evpitabooks.blogspot.com/2013/09/la-fabula-del-arbol-2011.html

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About evpita

Journalist in Spain and student of postgrade in University of Santiago of Compostela (USC)
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