Microrelato serie negra: “La montaña de Pedro” (E.V.P.)

“ La montaña de Pedro”
Autor: E.V.Pita (2013)
 Relato corto
Pedro García, un día, pasado el Año Nuevo, cogió su mochila y un ordenador portátil y se mudó a una aldea perdida en la montaña. Eligió como refugio una cabaña de piedra recubierta con techumbre de paja. Se aseguró de que la zona estuviese conectada con banda ancha de Internet para continuar con sus estudios y comprobación de teorías matemáticas. Como Descartes, trabajó al calor de la lumbre.

En el primer invierno que pasó en el monte quedó aislado por la nieve. Fue una etapa productiva en la que adelantó bastante en sus formulaciones y resolución de ecuaciones no lineales. Nada parecía perturbarle hasta que, solo un  mes después, alguien se tomó la molestia de ir a buscarlo a tan recóndito paraje.

Oyó el ruido del motor de un 4×4 y pensó que podría tratarse de algún vecino o de los guardas forestales que desafiaban el mal tiempo para hacerle una visita. Una joven de cuerpo atlético y pelo castaño recogido en una coleta se apeó del vehículo y sus botas de goretex se hundieron en la nieve. Vestía vaqueros y plumífero. En una mano portaba una tableta electrónica. Su piel demasiado blanca delataba que no trabajaba en el campo. Saludó al único habitante del lugar con los guantes enfundados e, instintivamente, comprobó que su smartphone tuviese cobertura. Le quedaba una rayita.

-Supongo que acabo de llegar al fin del mundo. No sabe la de curvas que tiene la carretera comarcal 689.

-Efectivamente, usted y yo en medio de la nada. La Tierra es circular y por tanto todos los puntos son principio y fin,- replicó con tono serio el morador de la cabaña.

-He aprovechado que es viernes y tengo todo el fin de semana para acercarme hasta aquí a ver si me aclara unas dudas. Nadie me espera para la cena.

La mujer sonrió, sacó de su cartera una placa, la tendió hacia él y se identificó.

-Sandra Pérez. Policía del departamento judicial, me gustaría hablar con Pedro García.

El anfitrión asintió. Por su expresión, parecía no tener ni la menor idea de por qué lo buscaban las autoridades. Franqueó el paso a la agente hasta su refugio y le ofreció un espacio junto a la lumbre. 

La cocina estaba inundada de papeles garabateados alrededor de un fuego con tiro. El residente removió las brasas con un atizador para reavivar la lumbre.

-Así que este es su despacho. ¿No estaré pisando ningún teorema?

-Esta chimenea de piedra tiene 500 años por lo menos. Disculpe el humo, en aquellos tiempos no pensaban en la ventilación. ¿Quiere un café?
-Se lo agradecería, mis manos necesitarían un anticongelante. Un compañero suyo nos ha dicho que usted era el mejor.
-Pues exageró. Un tipo que vive aislado en una cabaña no puede ser el mejor en nada, ni siquiera en reventar cajas fuertes.
La mujer sonrió, apoyó la tablet sobre su regazo y posó las manos sobre la taza caliente.
-No entiendo porqué ha huido de la civilización.
-Ya sabe, mucho silencio y poca gente. Es bueno para el trabajo.
-El Gobierno le pide ahora que vuelque sus esfuerzos en una cuestión vital.
El morador de la cabaña gruñó y sorbió de su taza.
-¿Qué pretende esos burócratas? ¿Que hackee el Pentágono? Hay 20.000 chavales más hábiles que yo para robar datos. ¿Quieren que intérprete mensajes llegados del espacio?
-Se trataría de algo más teórico, le pasaríamos unas gráficas y usted solo tendría que interpretarlas. Donde nosotros vemos una montaña de números, usted ve cosas.
– Me halaga pero ningún chupatintas me sacará de mi cueva. Me encanta ver pasar las sombras por el techo.
La policía terminó su taza de café y adoptó un tono severo.
-Yo también he leído a Platón y le recuerdo que fuera de la cueva está la luz y el mundo real. Usted podría ayudar a terminar con una gran injusticia.
El matemático ordenó unos papeles en silencio, avivó el fuego con el atizador y se encaminó hacia la puerta.
-¿Esos números que menciona tienen que ver con la evasión de impuestos o con los benéficos de algún banquero desaprensivo? Seguro que no. ¿Mi ayuda les va a servir para crear millones de empleos, subir los salarios, acabar con el hambre en el mundo o generar más investigación? Me temo que usted no ha subido hasta aquí en busca de una oenegé.
-Si quiere cobrar sus servicios, ponga usted el precio. El ministerio podría ajustarse al presupuesto.
El matemático abrió la puerta y le golpeó una bocanada del frío viento del norte.
-Siento que su viaje haya sido en balde. Le habría sido más cómodo enviarme un correo electrónico.
-Obtendría la misma respuesta.
-Sepa que no soy ningún mercenario. Simplemente, estoy muy ocupado.
La agente caminó hacia su coche pero se paró y encendió su tableta iPad. La pantalla mostraba unas columnas de números que parecían aleatorios como 0, 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34 y otros.
– Supongo que esto le dice algo.
-Es una sucesión de Fibonacci.
-Hasta ahí llegamos.
La policía se subió al coche y cuando iba a arrancar, el matemático se interpuso delante del capó.
-Deduzco que están buscando a un criminal. Y este habrá actuado los días 1, 2, 3, 5…
-Empezó en la medianoche de Noche Vieja, con las campanadas. Fue el año pasado.
-Esa sería la cifra cero.
-Al año siguiente, este año, perpetró su segundo crimen, el 1 de enero. un mes después, actuó los días 1, 2 y 3.
-Y supongo que el 5.
-Efectivamente. Debería leer más la prensa. Han llenado multitud de paginas con esto. Creemos que el próximo ataque será el día 8. Apenas quedan unas horas para evitarlo.
-Sin duda. ¿Y ese criminal actúa en la misma ciudad?
-Se ha movido por distintos lugares, son zonas imprevisibles.
-Muéstreme un mapa y señale los puntos de cada crimen.
La agente asomó la mano por la ventanilla y le extendió su iPad con unas imágenes de Google Maps. Un crimen había sido cometido en el centro del mapa.
-Dígame el orden cronológico de cada caso.
La policía dibujó con su dedo una espiral y Pedro García reflexionó.
-La proporción áurea y algunas espirales están distribuidas como números de esta secuencia que suma un número a su contiguo.
-Lo sabemos.
-Puede ser casualidad. En realidad, el criminal solo se ha saltado el día 4, quizás aún ignoren datos.
-¿Y, según usted, donde debería actuar el criminal?
-¿Aún no lo saben?
El matemático levantó el atizador y posó la punta en un amplio cuadrado del mapa.
-Yo diría que en este área.
La agente examinó el lugar del mapa. El punto indicado cruzaba la serpenteante comarcal 689. Se trataba de una zona montañosa, al final de la misma carretera por la que había pasado minutos antes.
Miró al matemático y, este, ágil la golpeó con el atizador. No tuvo tiempo a decir nada más. Cayó aturdida sobre el volante.
-Casi me pillas,- gruñó el morador de la cabaña. Suponía que la policía no habría sido tan temeraria de actuar por cuenta propia. Pedro García retiró el cuerpo del vehículo, apagó una emisora y desconectó el teléfono móvil. La tableta iPad la examinaría más tarde para averiguar qué pruebas habían encontrado contra él. Tendría que esperar dos días hasta que se quitase de encima a la agente. El día 8, su cadáver aparecería en el punto indicado, allí donde la belleza de la geometría se unía con la secuencia numérica. La agente había estado a punto de descubrirlo, por unos segundos él fue más rápido. Mientras tanto, antes del sacrificio, la tendría prisionera a buen recaudo oculta en una cueva que había descubierto. Allí hacía tanto frío que no tendría porque presenciar ninguna desagradable escena. Sería meter el cuerpo congelado dentro del vehículo y lanzarlo por la cornisa, en el punto indicado. Como era fin de semana, nadie en el departamento echaría en falta a la pies planos. ¿Quién iba a sospechar de un matemático aislado en la montaña? Una montaña con difíciles accesos, nevada y donde cualquier vehículo puede derrapar por el hielo o las deslizantes curvas. Una pena de agente, tan prometedora en su carrera. No iba mal encaminada cuando relacionó el mapa con la secuencia de Fibonacci. Y fue a preguntarle al mayor experto mundial en estos temas. No entendía por qué había viajado sola hasta aquí. Quizás lo consideraba un puro asunto de rutina.
El matemático trasladó el cuerpo de la policía en carretilla hasta la pequeña cueva que, cuya entrada podía vigilar desde la ventana de su cabaña. La tumbó a la entrada y la maniató. Dudaba que sobreviviese a la fría noche, cuando las temperaturas bajaban hasta los 10 grados bajo cero. Luego, ocultó el 4×4 bajo una lona y lo cubrió con nieve. Esperaba que el motor arrancase dentro de dos días. El lunes llevaría a cabo su plan.
Una hora después, un helicóptero sobrevoló la zona. El piloto buscó un lugar donde posarse y tres hombres de traje negro y corbata abrieron una portezuela y saltaron ágilmente a la nieve. Se cubrieron con sendos plumíferos y caminaron hundiendo sus botas sobre el blanco manto. Uno de ellos, el más alto y con gafas de sol negras, se dirigió hacia el único habitante de la zona.
-¿Ha visto a una mujer en un 4×4?- le preguntó el alto, que parecía el jefe.
El morador de la cabaña asintió.
-Estuvo aquí una mujer, haciendo muchas preguntas, pero se marchó hace una hora por la comarcal 689. Quería llegar a su casa antes de que cayese la noche. Dijo que llevaba baja la batería del teléfono, quería buscar un sitio con más cobertura.
-Eso explicaría porqué su móvil no da señal.
Ambos agentes se miraron. Sandra era la típica obsesionada con su trabajo que nunca se pasaba por casa y menos un fin de semana. No era precisamente hogareña. Prefería pasar las horas en el gimnasio o, a veces, se pasaba horas en el laboratorio para cotejar pruebas.
-¿Le importa que registremos su cabaña?
Pedro García bajó la cabeza y extendió su mano hacia la puerta.
-Adelante.
No habían avisado al juez para solicitar una orden de entrada y registro porque el sospechoso les había dado su libre consentimiento para acceder a su vivienda. Si encontraban algo, esperaban que eso no arruinase procesalmente el caso pero lo prioritario era localizar a Sandra.
Los policías estuvieron cerca de 40 minutos examinando minuciosamente la vivienda. Para la chimenea, tendrían que enviar a un equipo especializado. Finalmente, se rindieron y salieron.
-Disculpe las molestias, si vuelve a ver a esta mujer no dude en contactar con nosotros,- dijo el que parecía el jefe.
El matemático asintió y sonrió con la cabeza bajada.
-Nunca olvido una cara. Pocas visitas recibo por aquí.
Los hombres regresaron al helicóptero y cuando iba a despegar asomaron por la comarcal  varios coches patrulla y otros vehículos con policías de paisano.
Un grupo de agentes corrió hacia el montículo que ocultaba el coche.
-Aquí está el origen de la señal, el 4×4 está aquí.
Los agentes agarraron a Pedro García y lo esposaron tras leerle sus derechos.
-¿Dónde está Sandra Pérez?
-No sé de qué me hablan.
Los policías soltaron unos perros y, al poco rato, ladraron junto a la cueva.
El jefe alto telefoneó rápidamente.
-Señor Gobernador, lo tenemos.
FIN
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About evpita

Journalist in Spain and student of postgrade in University of Santiago of Compostela (USC)
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